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By Ricard Ramon

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El kitsch como espíritu de redención

El kitsch, si hemos de redefinirlo de alguna manera y de aceptar su valor nominativo y su presencia en la cultura, lo haremos sin preservar esa antagónica dualidad de sus históricos críticos, que contraponía ambos términos, kitsch y arte, como contrarios e irremisiblemente enemistados.
El kitsch, es y puede ser, tan arte y tan artístico como cualquier otro objeto elaborado y desarrollado por el ser humano con esa finalidad, bajo esa necesidad de simbolización cultural tan propia del arte y de la esencia del ser humano, como afirma Sussane Langer "La función de crear símbolos es una de las actividades primarias del hombre, al igual que comer, mirar o moverse".

Aun así, entendido como elemento simbolizador susceptible de ser considerado como artístico, el kitsch por tradición teórica y como fenómeno cultural, posee unas condiciones propias que lo identifican y lo convierten en una especie de estilo, (ver a Gombrich para reforzar este aspecto del estilo), generando una estética propia y una forma de simbolización peculiar que se basa en el alejamiento del discurso crítico, en el alejamiento de todo atisbo de realidad generando una especie de hiperrealidad magnificada en varias direcciones, una fantasía vulgarizada y retorcida, pero también una utópica visión de nuestros deseos moralizados, de nuestro mundo ideal y perfecto, tanto socialmente como individualmente, como bien nos recuerda Celeste Olalquiaga: "Kitsch es el mundo no como es, sino como quisiéramos que fuese es capturar en un objeto concreto los sentimientos más inefables y las más tiernas emociones." Pero también presenta nuestro alejamiento hacia lados más oscuros, más perversos y retorcidos, presentados de manera tan evidentemente falsa que hacen las veces de tragicomedia, cuando no de esperpento. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en el llamado cine gore.

Como vemos, el kitsch ha ido evolucionando, cambiando y adaptándose hacia una nueva generación de discursos estéticos, que en algunos casos, porque no decirlo, han supuesto todo un revulsivo cultural, para el cual, los apocalípticos narradores críticos de la primera era de los mass media, se presentan ya como caducos, el kitsch no es la anticultura, es una nueva forma de desarrollo cultural surgida con la industrialización, tan legítima como cualquier otra, insisto, independientemente de que genere obras buenas o malas, discursos positivos o negativos, de que su contenido sea banal, simplista, mediatizado o interesado, de que su nivel de "intelectualidad" sea mayor o menor, es una realidad cultural que genera sus propias narrativas y tiene un puesto ganado en el universo de la cultura visual contemporánea, y que a pesar de todo, sigue gozando de extraordinaria salud.
El kitsch y el arte no son incompatibles, se nutren de la misma realidad cultural, y ambos llenan un espacio de necesidad vital en los espíritus complejos y contradictorios del ser humano creado por la revolución industrial. Lo contradictorio es esencialmente humano, y como tal forma parte de nuestra cultura.

Ricard Ramon. Diciembre de 2010. (Fragmento de mi tesis doctoral.)