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By Ricard Ramon

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En torno al libro: Políticas del espacio

Ciertamente, el profesor José Miguel García Cortés, nos propone una interesante lectura, con su libro: Políticas del Espacio, Arquitectura, género y control social. Una propuesta de reflexión teórica en torno a las relaciones que se establecen entre el espacio o espacios urbanos, sus realidades y propuestas arquitectónicas y urbanísticas, es decir, políticas, y las interacciones entre los diferentes grupos sociales que la componen, mayoritarios y minoritarios, dominadores y dominados, resistentes y sumisos, etcétera.

El hecho de plantear la arquitectura como instrumento de dominación y poder, no es nuevo, a mi juicio, la propia historia del arte está plagada de miles de ejemplos que nos pueden servir de referencia al respecto. La ordenación urbana, como su propio nombre indica, es también ordenación social, aquella que delimita espacios para unos y espacios para otros. Así se generan las primeras ciudades industriales, desde una primera jerarquía social estratificada y vertical, reflejada en los propios edificios de viviendas, en los que las clases altas, ocupaban los espacios intermedios y las clases bajas e incluso miserables, las humildes buhardillas, del mismo edificio. Esa primera estratificación social, implicaba ciertamente un mínimo de convivencia, por otra parte molesta, a la que muy pronto se pone fin, generando una estratificación horizontal de la propia ciudad y construyendo verdaderos espacios propios, separados y delimitadores.

El espacio social, urbano y ciudadano de la posmodernidad, es mucho más complejo dinámico y diverso, que el generado por la modernidad, las clases sociales parecen diluirse en un magma que en realidad tiende a ser profundamente homogeneizador, un sistema, el del mercado, que permite en apariencia, la multiplicidad y la diversidad, incluso el desarrollo de prácticas culturales divergentes, prácticas, que finalmente son absorbidas, en muchos casos incluso creadas por el propio mercado. Pero es sobre todo, en las prácticas de control, donde radica el éxito de un sistema que en realidad es de profunda dominación social, un sistema que genera la ilusión de libertad crítica y que propone el consumo como el ejercicio máximo de esa libertad.

Es en este punto, donde la arquitectura y la urbanización del espacio juegan un papel fundamental, como instrumentos privilegiados de ejercicio del control sobre los hombres y mujeres y es aquí, entre otros aspecto, donde incide la crítica generada con en el libro Políticas del espacio. El diseño arquitectónico, no es casual ni inocentemente estético, es siempre profundamente ideológico, y responde a la ideología del poder ya que es ella la que tiene la capacidad y los instrumentos de planificación, ordenación y construcción, pero hay aspectos que podemos matizar.

El autor, pone como ejemplos de espacios de aislamiento y control, a los templos del consumo y del ocio posmodernos que son los centros comerciales, espacios aislados y controlados de la “peligrosa realidad” diferenciadora del exterior, de las calles en ocasiones descontroladas. No obstante, en este aspecto, me gustaría proponer una visión más esperanzadora y optimista respecto al establecimiento de relaciones sociales que “escapan” del control estricto, y que yo atribuyo, no se si equivocada o acertadamente, al sustrato cultural del modo de vida mediterráneo occidental. Y paso a tratar de argumentarlo.

Es en este aspecto donde el libro podría encontrar a mi juicio, un punto de debilidad argumental, ya que parece plantear contradicciones y problemas sociales muy amplios, demasiados genéricos quizá o globalizados, que en algunos aspectos afectan, ciertamente a la globalidad de ciudades del planeta, pero que en otros quizá no tanto. Vamos a ver si consigo explicarme y no dar lugar a malentendidos. Lo que trato de argumentar es que la propia forma del edificio o de la estructura urbana, puede tener unas connotaciones simbólicas innegables de expresión de un poder dominante, y de hecho lo tiene, y puede estar diseñado para el ejercicio de la visión y el control, es un modo de verlo sí, pero también es igualmente cierto que los seres humanos somos capaces de alterar los usos originales de los espacios, incluso ofrecer un uso antagónico a los principios para los que fue diseñado, existen miles de casos, y también es igualmente cierto que somos perfectamente capaces de subvertir e impregnar de nuevos significados simbólicos, cualquier artefacto visual, por muy contundentes que sean su presencia y sus intenciones y dotar de nuevos significados imaginativos y sorprendentes, esos símbolos del poder.

El espacio de una plaza pública, despejada y observable, puede ser un instrumento de vigilancia, pero también se convierte, en múltiples ocasiones, y cada vez más, en un espacio de encuentro e intercambio ciudadano, en un verdadero foro, y en un espacio de reclamación, de exhibición y de lucha por una visibilidad social, estos últimos días estamos asistiendo a ello sin ir más lejos.

Otro aspecto de los que trata el libro, y que habría que valorar en su justa medida, es el tema de la falta de espacios de privacidad o intimidad en los espacios públicos de las ciudades occidentales. Personalmente me cuestiono, hasta que punto es eso cierto, ya que otros modelos de ciudad, que priorizan en su estructura urbana el sentido de intimidad y de ocultación, como el caso de las ciudades islámicas y su trazado tortuoso, y la gran privacidad de las arquitecturas, hechas hacia el interior y ocultando la mirada del exterior, no atenúa, más bien justo lo contrario, acentúa el sentido de una sociedad profundamente opresora, sobre todo hacia ciertos colectivos.

De todos los aspectos tratados en el libro, ya que en gran parte coincido con muchas de las reflexiones, me he centrado sobre todo en algunas matizaciones críticas o en aspectos que no tengo tan claros o que puede que no haya comprendido suficientemente, remarcar aquellos en los que estoy de acuerdo, de poco serviría en la generación y búsqueda de respuestas.

Entre los temas que me resultan un poco más espinosos, o con los que no he conseguido encontrar un punto de empatía suficiente en la lectura, es en el aspecto referido al hogar, la vida familiar como instrumento de control, incluso se hace referencia a este como espacio de opresión abusos y humillación, por parte de algunos artistas contemporáneos, y que tiene más que ver con experiencias de tipo personal, que existen evidentemente, que con modelos sociales. Mi percepción del hogar es radicalmente diferente y siempre ha sido un espacio de libertad individual. Cierto que existen esos casos, pero también es cierto que cada vez más existen mecanismos para romper esas dinámicas y generar nuevas narrativas de vida que cada vez son más aceptadas socialmente, aunque no negaré evidentemente el papel de estas expresiones de denuncia, desde el mundo de la cultura, como generadoras de esas nuevas dinámicas.

Por último, coincido plenamente en el aspecto de considerar la identidad sexual como algo profundamente cultural, aunque quizá  se le dota de excesiva importancia a este aspecto identitario. La identidad personal es una suma de múltiples y complejas identidades adheridas a la personalidad que conforman a cada ser de una manera determinada, priorizar la identidad o la afirmación gay, heterosexual o la que sea, sobre el propio hecho de ser persona, se aleja de mi forma de entender el mundo, que pueden tener o no relaciones sexuales con otras personas de un sexo o de otro o de ambos, sin que ello deba generar una distorsión de lo verdaderamente importante, su yo personal que es la suma de muchas yos. En ese sentido los espacios “queer” que se proponen al final del trabajo me parecen el camino más coherente a seguir.

Ricard Ramon. Junio de 2011